Actualidad de la religión por Oscar del Barco, filósofo

Actualidad de la religión



Entiendo por Sistema la idea no materializable, no totalizable, de la suma de estructuras sociales: económicas, técnicas, científicas, ideológicas, éticas, artísticas… Algo semejante al Sistema del Absoluto hegeliano entendido como Espíritu y como auto-Saber de ese Espíritu en cuanto Absoluto (pero en esto que yo llamo Sistema, a la inversa de las filosofías del todo como Absoluto-real, hay algo indeterminable e incomprensible que sí escapa, hay una suerte de agujero o hiancia del Sistema, y al cual el Sistema tiende a suprimir, tachar o sustraer). El Sistema (digamos tentativamente post-capitalista o super-capitalista) no tolera esa falla, ese hueco, y posiblemente su telos sea el cierre completo de sí mismo…


Por otra parte el Sistema en su doble proceso de universalización o globalización (social, individual, material, espiritual) puede arrasar con todas las formas eclesiales y no eclesiales de las religiones. (Digo que puede, y creo que lo hará si la “religión” [aquí utilizo el término en su acepción restringida] se convierte en un impedimento para el esencial movimiento de auto-expansión del Sistema). Más aun, puede arrasar con todas las “religiones”, e incluso, in extremis, con el hombre como tal, es decir con lo que considero la esencia de la religión como tal. No es fácil. Tal vez la tarea de la Máquina que es el Sistema (pero Máquina entendida como algo de una plasticidad casi sobrenatural, y cuya tendencia o esencia consiste en usurpar la propia Vida) sólo pueda suprimir la religión, en cuanto “chispa” humana-inhumana o trascendental, en milenios. Pero afirmar esto sería ciencia ficción, sería desconocer la potencia del “inaccesible” (la palabra es de Heidegger) Acontecimiento de lo posible, impensable, inimaginable, indecible e indecidible. Aquí reina el “todo es posible” e imposible simultáneamente. El Acontecimiento es aquello de lo que no se puede hablar, porque si habláramos ya no sería el o un Acontecimiento. Es sólo expectativa, asombro, deseo.
Pero volvamos. El Sistema, que es esencialmente totalitario (en el sentido de su tendencia a la totalización completa), tiende a ser planetario, a universalizarse, mas para su absolutización encuentra en última instancia el escollo de lo trascendental, el punto primero, “originario”, “religioso”, de lo humano en cuanto humano. El Sistema lo fascina al hombre, lo encandila, lo enajena, lo subyuga, pero su problema es que para el total triunfo de la Máquina ésta debe llegar a suprimir al propio “hombre”. Es una tarea ardua, difícil, tal vez imposible: hacer que el hombre piense, ame, desee, imagine, recuerde sólo las imágenes, los recuerdos y los pensamientos que le da la Máquina; vale decir que el éxito del Sistema sería el no-hombre, una máquina-hombre, un mundo muerto cubriendo el mundo vivo como una réplica espectral; algo así como lo narrado por Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”, quien escribe el Quijote reproduciendo letra por letra el Quijote de Cervantes, pero ya no es, no puede ser el Quijote de Cervantes sino una copia: la máquina-hombre será el hombre pero sin el hombre. Pienso que podrá amar, pensar, imaginar, pero… digamos, sin religión, sin campo trascendental, sin la chispa de la cábala, sin “alma” digamos. ¿Podrá hacerlo mediante prótesis? ¿Mediante injertos? (Imaginemos un robot-humano que a nuestra capacidad de inducir-deducir-comparar-relacionar-desear-imaginar-amar, es decir “pensar”, la multiplique por diez, luego por mil, luego por un millón, etcétera, en una progresión geométrica…). Pensemos en lo que podría construir esa mente-hombre-sin-hombre; y lo mismo podría ocurrir con el recuerdo, las imágenes, etcétera.: este sería el hombre post-humano, una máquina-hombre potencialmente e indefinidamente “superior” al hombre. ¿Podría ser este el destino? ¿Habría posibilidad de resistencia? ¿Cuál sería el fundamento de una resistencia? ¿No sería igual a la resistencia que hubiera podido ejercer el pre-homínido o el mono frente a la existencia del hombre? En última instancia siempre quedaría la salida de la extinción planetaria por explosión-implosión del sol en fechas que ya son más o menos conocidas… ¡¿Ciencia ficción?! Sí, pero no tanto…
Volvamos de nuevo al inmenso Acontecimiento que es el hay. No hay pasado ni futuro salvo imaginario, y tampoco hay presente, hay un horizonte donde el hay es esta manifestación absoluta del absoluto, sin tiempo, sin dios, sin yo y sin mundo… Ese hay es hombre-mundo. Un mundo “humano” (lo llamó Marx) que tiende a devenir sólo mundo (o el Sistema tiende a ser sólo Sistema sin hombre), o que mediante un proceso de exteriorización, reificación y enajenación tiende a suprimir al hombre como tal. Los términos centrales son reificación (todo tiende a devenir cosa, res, mercancías, objetos) y enajenación: el “hombre” (no pienso por supuesto en el hombre como animal-racional) pasa a ser un objeto en un mundo que es él-mismo-objetivado. La tarea (no conciente, ¡porque aquí ya no hay conciencia! ¡No se trata de conciencia! Así como corporalmente no se trata de tener conciencia, en el sentido de dirigir o controlar desde la conciencia, el funcionamiento del hígado o del sistema circulatorio) a la que tiende el Sistema es a cosificar totalmente al “hombre”, a convertirlo en una pieza más de su indefinido, indeterminado, mecanismo. Ahora bien, todo este razonamiento parte de reconocer que la esencia del Sistema es su crecimiento o la llamada “reproducción ampliada” (según los términos utilizados por Marx): necesita no sólo reproducirse sino crecer, y es este crecimiento el verdadero “peligro”, para hablar con una palabra de Hölderlin, porque es un crecimiento que se desborda a sí mismo, que no tiene límites, que puede arrasar con la tierra y con la especie humana, y no sólo puede sino que ya lo está haciendo, porque en su punto extremo, o abismal si se quiere, puede funcionar solo, o con un hombre ya-no-hombre convertido en sólo soporte de relaciones entre cosas, un robot-hombre indefinidamente perfeccionado.
Frente a esta situación la pregunta decisiva es ética, yo hablaría de una ética de la resistencia: de resistencias puntuales, determinadas, sucesivas, en extensión (desde la ecología hasta la música…) y en intensidad. Una ética desgarrada: somos llevados dramáticamente a escindirnos entre la ausencia-de-sentido (que no es no-sentido) y un estado no menos firme de pura-expectativa (expectativa-de-nada); absurdo-imposible es el sentido (que dan las “religiones”) y firme es la expectativa (¿concomitante o distinta sustancialmente de la “fe”?). Se trata, a mi juicio, de la verdadera lucha, que hace a lo esencial del hombre y a lo esencial de la tierra y del mundo. En esta constelación la “política” pierde su hegemonía. El centro pasa a ser el ser-humano en toda su complejidad material y espiritual, quiero decir: cada mujer, cada hombre, cada niño o viejo, se convierten en lo que ya son, hacen acto del propio ser, se vuelven para sí mismos milagros absolutos. Que la política pierde la hegemonía no significa que desaparezca, sino tal vez lo contrario, que llegue a ser uno de los grandes focos de resistencia al Sistema, pero esta grandeza dependerá de la conciencia de la centralidad humana, del sentido último del Sistema, del diálogo con todos los otros lugares de resistencia. El campo de la lucha pasa en un sentido esencial de los partidos políticos, de la cámara de diputados y senadores, al espíritu de los seres humanos como lugar de síntesis de lo múltiple. Esta no es una negación de los partidos políticos ni de las luchas sociales, económicas, educacionales, de salud, vivienda, tierra, etcétera. sino un reacomodo de, digamos, los múltiples y descentrados paradigmas de la acción. Y no creo que esta sea una utopía, más bien es una visión de lo que está sucediendo ante nuestros ojos, pero con un quid: no hay una esencia, un deber-ser. Existen infinidad de modos de resistencia, pero cada modo de resistencia tendría que estar abierto al menos a dos cosas: al reconocimiento de los otros modos de resistencia y al intento de un ascenso en la toma de conciencia de sí, del otro y del mundo. La resistencia, además de resistir una violencia determinada, implica un arrancarse o separarse de las formas más sofisticadas de aprehensión, separarse de su aterradora vida, de su insistente y constante maldad, de su “tentación”, de las maneras suaves de dominación y exterminio “espiritual”. Porque existe el exterminio físico de las guerras y las infinitas violencias policiales y militares, y existe el exterminio espiritual-suave, la imposición de modos de ser, de ver, de tocar, de relacionarse, de amar (el modo de ser “americano”: por un lado las bellas almas, el confort, los viajes, los goces de la vida −como se dice−, y por el otro las armas de uso masivo, la xenofobia, el machismo o el feminismo como violencias, la estupidez generalizada, la globalización de las ideologías, etcétera): este exterminio es tan peligroso como el primero.
¿Cómo resistir? Las resistencias no pueden subsumirse en una forma. Su pluralidad resulta de la infinitud de redes opresivas, de acciones violentas contra la tierra, los animales y los hombres, y así en cada lugar y en cada ser humano, comunidad, pueblo o barrio, la resistencia es particular. Se trata de un estado-de-insurrección, o, si me permiten la palabra, de revolución subjetiva permanente, o de un cambio de óptica, que puede ir desde lo más nimio de la vida cotidiana hasta los momentos más graves e intensos de la existencia. No hay un vademécum de la resistencia, hay un espíritu que puede asumirse, y si hay algo que el Sistema no quiere es que el hombre se asuma-en-espíritu (estoy pensando en el valor del último Husserl, quien frente a los nazis apelaba a la asunción del Espíritu como la más alta empresa humana).
En esta “empresa” las religiones, pienso en las grandes religiones caídas o vaciadas, pueden ser focos poderosos de resistencia, pero sería necesario, ante todo, que reasumieran y vivieran sus propios principios espirituales. Pensemos, por ejemplo, en ese inmenso cuerpo que es la iglesia católica, que sostiene en sus palabras y en sus escritos, el amor al prójimo, y que, por otra parte, ha acompañado los gobiernos más feroces de la historia, y a justificado asesinatos y genocidios, que ha acumulado riquezas, que castiga a sus propios sacerdotes y fieles cuando estos plantean y viven libremente sus principios religiosos. Si estas religiones se convirtieran en fuente serena y constante de espiritualidad real, sería una gran acción de resistencia. Es suficiente con pensar en la fuerza numérica del cristianismo en sus distintas ramas, del islamismo, del budismo, del sintoísmo, del judaísmo, para vislumbrar lo que podrían significar en esta lucha planetaria por la supervivencia. Pero el Sistema se mete en todo y se apodera de todo, no sólo penetra en la religiones vaciándolas, convirtiéndolas en puro formalismo, sino también en la filosofía, fundamentalmente a través de su vaciamiento-aplanamiento universitario, en el arte, mediante la creación de grupos e instituciones que no sólo fijan el gusto sino que lo crean, en el deporte que deja de ser una práctica para ser un espectáculo practicado en sus niveles elevados por millonarios, en el cine, en la televisión, generando formas de ser y de violencias poderosas, convirtiéndolos en instrumentos de enajenación a gran escala, en las relaciones sexuales, algunas perseguidas y otras banalizadas, convirtiéndolas en actos superficiales, en “vasos de agua” que se toman y se dejan o de una retórica sexual pudibunda, desgajándolas de las prácticas eróticas y orgiásticas abiertas a todos los éxtasis posibles. El Sistema coopta mediante premios, becas, viajes, agasajos, mediante artículos laudatorios, etcétera. La corrupción y el latrocinio como formas del Sistema. La policía y el delito, el narcotráfico, etcétera, como formas del Sistema. Nosotros, los que decimos una cosa y hacemos otra, como formas-del-Sistema. Yo diría que la resistencia comienza por casa. Hic et nunc: aquí y ahora. No hay futuro. Hay esto, el Acontecimiento del instante, el presente. Nadie lucha por sus hijos o por sus nietos, se lucha por uno mismo, se niega el sistema, se resiste, por uno mismo. Y ese uno mismo es todos e implica todo, ese uno mismo es lo previo a todo ser, sustancia, dios, etcétera.
La apuesta, como tan bien lo vio Bataille, es tanática, es decir mortal. Lo que está en juego es la Vida como vida común y como vida trascendental. Este no es un problema sólo teórico ni de teóricos, es un problema común de supervivencia de lo humano, de lo animal y de lo terrestre. No hay una ética, pero hay formas múltiples que podríamos llamar éticas, de construcción y de desconstrucción, de resistencias y de creación, en cuanto cercanía del hay, de la presencia o de lo trascendental, no importan aquí los nombres sino el impulso, llamémosle sagrado, porque defiende, sostiene y se identifica con la Vida, que nos permite resistir, que vuelve posible todas las resistencias posibles. Uno de esos impulsos es, yo creería, el Amor y la constelación de pasiones “éticas”, “estéticas”, “políticas”, “eróticas” y sociales en su infinitud, que rodean eso que llamamos de manera vacilante “amor”: la piedad, la compasión, la misericordia, la benevolencia, la mansedumbre, el respeto en el sentido kantiano de vivenciar al otro y a lo otro como absoluto. Digo pasión ética en un sentido abierto y múltiple, en el Bien en un sentido pre-conceptual; digo pasión estética igualmente en un sentido de apertura y fiesta, y no como dogma y canon: un arte libre, desligado de retóricas, de condicionamientos formales, de escuelas, donde cabe desde el dibujo de un niño hasta una instalación, una perfomance, un objeto conceptual, una música intuitiva, una poesía como quiera que sea poesía; y digo pasión “política” en el sentido de prácticas descentradas, no sometidas a un partido guía, a una ideología política dada, en la cual los “sujetos” sean el centro insuperable de todas las prácticas liberadoras posibles e imposibles, que se resista a aceptar que la política “no tiene nada que ver con la ética”; digo pasión “erótica” en el sentido de prácticas amorosas desligadas de las constricciones del Sistema, en el sentido de una aventura sexual-espiritual productora de goce; y digo pasiones “sociales” en general que se opongan y defiendan el espacio de la Vida, el que no “debe” ser sometido en la profundidad de su trascendencia: me refiero al cuidado del aire, del agua, de los arroyos, de los ríos y de los mares, de los perros y los gatos, a las ballenas y los pájaros y los zorros y las iguanas, de los pobres animales devastados y torturados por el hombre, al espacio y a la tierra agostada, a la lucha contra los plásticos y los desechos venenosos, etcétera. Creo que todo esto es lo religioso, más un profundo respeto por la diversidad de creencias, de culturas, de idiomas, de colores de la piel… Descascaremos, des-construyamos las religiones paquidérmicas, reaccionarias, violentas. La fuerza, o las fuerzas del Sistema, son poderosas, son el poder mismo. Pero las fuerzas discontinuas de las resistencias también son poderosas. Creo que ya no se trata de utopías proclamadas por individuos u organizaciones que se dicen poseedoras del sentido (del mundo, de la historia y del hombre, ¡como si supieran por ciencia infusa o por revelación trascendente hacia donde marcha el mundo, sin advertir que no se marcha hacia ninguna parte!), porque esas utopías han desangrado a la humanidad y han entronizado, paradojalmente, el Sistema.
El mundo no va a ninguna parte, como si fuera un tren rumbo al cielo, al paraíso o al infierno. Todo se decide en esto absoluto-infinito en acto-aquí-y-ahora. Lo demás, ya sea que apunte hacia el pasado o el futuro, en realidad son fuerzas que tienden a despojar a los seres humanos de la fuerza irremplazable del ahora. El horizonte del ahora, con su belleza, sus alegrías, sus tragedias, es lo que yo llamo religión, es nuestro supremo bien, nuestra posibilidad tal vez imposible pero ya en acto. Es el Acontecimiento esencial, es incognoscible e indecible en su futuro, pero se puede decidir, podemos decidir haciéndonos responsables precisamente de su Presencia esencial, de la infinitud de sus manifestaciones. En este sentido estricto en que estoy hablando tanto la discusión acerca de la muerte de dios como del agotamiento de lo religioso instalan en otro espacio o en otro ámbito la singularidad de sus respectivas cuestiones.

Diálogo imaginario
− ¿Lo religioso estaría reservado a las elites?
− Lo religioso se da en el inmenso mundo y con infinitas formas, desde las religiones, por supuesto, hasta la música, la poesía, el amor, el cuidado de los cuerpos, el deporte, y fundamentalmente el trabajo que crea-sostiene el “mundo humano”, en todas partes puede surgir y surge la “chispa” de la unidad, del re-ligare, de lo religioso… ¡No hay nada menos elitista que la religión! Lo que sucede es que hay que sacarla de los confesionarios, de las sacristías, de las iglesias, sacarla de las masacres y de la violencia carnicera del hombre, y ver lo religioso del carpintero, del médico, del maestro, ver la hospitalidad, la mansedumbre, la compasión de los hombres. Y esto de ninguna manera significa un desprecio o un desconocimiento de las grandes religiones eclesiales, también en ellas lo religioso resiste y lucha contra sus ídolos y jerarquías, más aun, creo que sin esas religiones, con todos sus inmensos defectos y culpas con los que cargan, no existiría posibilidad de enfrentar al Sistema, en ellas hay millones y millones de seres humanos que ruegan, que claman por la justicia y el respeto que todos y cada uno merecen como “hijos de Dios”. Y esto tiene una importancia capital pues nos proyecta a la respuesta de Jesús cuando le preguntaron si era Dios y respondió “Tú lo has dicho”, Jesús dijo yo-hombre soy dios, ustedes son dios, el reino de los cielos está adentro de ustedes. Claro, ese es un momento privilegiado, mientras que la vida cotidiana nos aparta, nos arrastra al olvido… La vida cotidiana puede ser maravillosa, tendríamos que tratar de que sea intensamente maravillosa, o puede ser banal, pura charla, estúpida. Resistir sería, en última instancia, no sólo oponerse al Sistema así, en abstracto, sino a la estupidez, a la enajenación con la que el Sistema pretende reducirnos, suprimirnos, con todas suerte de aparatos, desde la televisión a los teléfonos, los diarios, las revistas, el cine, etcétera. Por otra parte, digamos que no se trata de fijar un deber-ser desde fuera de los seres humanos, se trata fundamentalmente de los seres humanos considerados en lo que sin énfasis podríamos llamar el milagro de sus existencias… No estamos en la placidez del paraíso sino en el ojo de la tormenta, y creo que así tendríamos que sentirlo y vivirlo.
No digo, como Heidegger, que sólo un dios puede salvarnos, salvo que ese dios sea el hay inaccesible e incomprensible. Creo que la “salvación” es hoy o nunca. Del futuro, de ese futuro ominoso, siniestro, que podemos avizorar, pienso que sólo un formidable Acontecimiento místico-religioso, una mutación, semejante a la de la Vida o a la del Lenguaje, puede “salvarnos” (pongo salvarnos entre comillas porque en realidad no hay salvación pues esencialmente ya estamos salvados por el hecho de ser, y estamos perdidos si no nos asumimos como seres…). Una mutación hacia algo insólito, hacia un más-que-hombre, un post-hombre en relación a esta negatividad carnívora y asesina que somos, podría, tal vez, impedir el hundimiento de la humanidad en la catástrofe…

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