"Sin palabras": alcances, consecuencias por Alberto Sladogna, psicoanalista, @sladogna


   He tomado cuidado en escribir, hace un momento en el  pizarrón, sobre la esencia de la teoría: "La esencia de la teoría psicoanalítica es un discurso sin palabra" Jacques Lacan

Presentamos el texto de Adrián Paenza, matemático, titulado “Sin palabras” (Página 12, Argentina, 18/02/2012) La propuesta del matemático despliega un sector del lenguaje: el discurso sin palabras. Esa forma de discurso está presente en la vida espiritual de cada quien: El amor se presenta como un discurso sin palabras. "Sin palabras" tiene su canal privilegiado en la combinación de imágenes con palabras y música, sólo que el sector de las imágenes –sin palabras- adquiere el papel de ser el nudo organizador de la sociedad del espectáculo, allí se incluye desde las formas de hacer el amor hasta el título de un libro pasando por el look de tal o cual candidato político. Ese discurso sin palabras afecta a los cuerpos humanos.
¿Cuál es el horizonte que ese texto  comparte con el psicoanálisis, las letras, el cine, la publicidad, la política y otras prácticas del lenguaje? El encuentro de prácticas “sin palabras” con el psicoanálisis se produce a partir de que Jacques Lacan realizó una precisión al corroborar la existencia de un discurso sin palabras ¿Qué se dice al decir eso en psicoanálisis, en la cura analítica y en la vida cotidiana de la vida humana? Recorremos esos cruces y quizás ampliamos las posibilidades de estudios en detalle.

En la vida cotidiana los humanos llevamos a cabo un acto corporal: hablar con otros, hablar con nosotros mismos, hablar e interrogarnos. Esos son unos de los efectos de la función y el campo de palabra que condujeron a Lacan a ser separado de una iglesia laica: la International Psychoanalytical Association .Esa institución tomó nota de un signo que involucraba a Jacques Lacan –él sostenía sesiones sin un tiempo preestablecido. Se trataba de parte de Lacan, digamos de manera inespecífica, de un signo, algo semejante como hacer un guiño.

Freud señaló la presencia y permanencia, según él de signos en el inconsciente: en sus Estudios sobre la histeria (1895) , en Proyecto de una psicología científica para neurólogos (1895), en La interpretación de los sueños (1899-1900), en Psicopatología de la vida cotidiana (1900-1901) en El chiste y su relación con el inconsciente (1905), en La dinámica de la transferencia(1912), los signos en el inconsciente aparecen en varios artículos más. Con su  conocida audacia Freud subrayó la existencia o no de un signo o de signos de la realidad como una de las causales de ciertas dolencias (neurosis, psicosis, homosexualidad).

Freud no dedicó una obra a estudiar las características y los componentes de esos signos, esa ausencia de dedicación temática, quizás, muestre que  para él la antropología y los textos de la literatura tenían más prioridad que los despliegues de la lingüística de su época.

El despliegue de una nueva lingüística debida a la obra de Ferdinand de Saussure (1857-1913) no encuentra lugar, no está documentada su presencia en la obra teórica de su contemporáneo Sigmund Freud (1856-1939). Constatamos que un lector voraz como Freud no leía todo, ni todo lo que se publicaba le interesaba como parte de su invención del inconsciente. El psicoanalista vienes cita a Raymond de Saussure, pariente de Ferdinand, a este último y sus investigaciones no son mencionadas. Tampoco se encuentra en Freud la presencia de los avances de Charles Sanders Pierce (1839-1914) quién recuperó y modificó ciertas propuestas de los griegos para desplegar el horizonte de los signos, entre otros temas.

Jacques Lacan desde el inicio de su enseñanza oral 1953 hasta 1970 se hace acompañar del sostén dado por Ferdinand de Saussure, en particular frente a las relaciones del significante con el significado. Lacan modifica el signo que F. de Saussure dejó en su Curso de lingüística general (Cfr., en   http://xurl.es/4o7nd ). En esos doce años Lacan hizo introdujo en el psicoanálisis la importancia del habla y  el juego del significante como determinante, en esa época de la experiencia del psicoanálisis. Baste recordar que Lacan no vaciló en proponer que el significante es lo que representa a un sujeto para otro significante. Estos elementos revelan la importancia que en esos años, quizás solo en ese tiempo, tuvo para él la temática simbólica del juego significante.

Jacques Lacan en 1969/1970 sostuvo un seminario oral: El reverso del psicoanálisis destinado a precisar que el discurso analítico da cuenta, a posteriori, del discurso del amo moderno, el discurso del capitalista. Algo ocurrió que se ve llevado en ese seminario a tomar distancia con Ferdinand de Saussure y acercarse al signo por la vía de los estoicos y de los estudios de Charles Sanders Pierce. Así aparece o reaparece un tema: un signo es lo que representa algo para alguien definición de Pierce  reintroducida en los seminarios orales del psicoanálisis que Jacques Lacan sostuvo desde 1953 hasta su muerte en 1981.

Hay muchas y muy buenas lecturas de las enseñanzas de Jacques Lacan, quizás la única buena consiste en leerlo. Un antecedente de esta temática del signo se abre en 1953 con un texto que ha tenido un gran impacto público, se trata de   Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, Escritos 1. ¿Cuál sería la materia de investigación de estudio y de análisis de Una función y campo del lenguaje en el psicoanálisis? Se nota que el título le quita algo de brillo o de importancia al tema de la palabra, quedó abierto que el psicoanálisis en su experiencia –una cura – despliega efectos del campo del lenguaje y que el lenguaje no fue reducido por Lacan solo a la palabra.

Para concluir esta presentación del texto de Adrián Paenza, Sin palabras, nos permitimos retomar un hecho: en las cuatro últimas sesiones del seminario de 1968-1969 (noviembre-diciembre 1968) de pronto, para sorpresa de su público Lacan confiesa su preferencia por: Un discurso sin palabras. Luego insiste en la primera sesión de su seminario oral El reverso del  psicoanálisis con semejante tema:

Me sucedió el año pasado, en todo caso con mucha insistencia, distinguir lo actual del discurso, como una estructura necesaria, de algo que va mucho más allá de la palabra, siempre más o menos ocasional. Incluso prefiero, como lo hice notar un día, un discurso sin palabras. Es que en verdad sin palabras esto puede perfectamente subsistir. Subsiste en algunas relaciones fundamentales, las cuales literalmente, no podrían subsistir sin el lenguaje, sin la instauración, por medio del instrumento del lenguaje. de un cierto número de relaciones estables en cuyo interior puede, ciertamente, inscribirse algo que va mucho más allá, que es mucho más amplio de lo que hay en las enunciaciones efectivas. No existe ninguna necesidad de estos enunciados para que nuestra conducta, para que eventualmente nuestros actos, se inscriban en el cuadro de ciertos enunciados primordiales. ¿Si así no fuese, que sería de lo que reencontramos en la experiencia, y especialmente en la analítica, evocándose ésta en esta coyuntura sólo por haberla precisamente designado?, ¿Qué sería de lo que se reencuentra bajo el aspecto del superyó? [Subrayado por AS]

Esa sesión fue titulada Producción de los cuatro discursos -en la versión castellana editada por Editorial Paidós. Entonces si bien disponemos de muy interesantes estudios respecto de un discurso sin palabras, estudios que subrayaron la diferencia entre la letra y el significante, recordemos  el estudio que Lacan recomendó a sus discípulos para leer: El título de la letra (una lectura de Lacan), 1973, escrito por Jean-Luc Nancy y Philippe Lacoue-Labarthe, así como el texto nodal de Jean Allouch: Letra por letra. Transcribir, traducir, transliterar (1984). 

Hoy el texto de un matemático abre otro horizonte distinto al camino de la letra, sin alejarse de ella, pone sobre la mesa el tema del signo. Un tema que concierne al psicoanálisis, a la cultura, entre otras cuestiones nada más ni nada menos que a la presencia en acto del amor. Insistimos en un aspecto de la publicidad, de manera singular de la política del espectáculo, el espectáculo de la política, un lugar donde los signos muestran aquello que las palabras, los significantes y las letras no dejan ver. Entonces, veamos qué se quiere decir con que el signo es lo representa algo para alguien, como esa operación se produce en la función y campo del lenguaje mediante un discurso sin palabras.      

Sin palabras, por Adrián Paenza
Los números componen el lenguaje universal. Independientemente del idioma que se hable, en cualquiera de los países occidentales hay símbolos que permanecen invariantes: los números. El número 9 se escribe igual en España que en Inglaterra y lo mismo sucede en Italia, Alemania, Francia, Croacia u Holanda, aunque en todos esos países el idioma oficial sea diferente. Hasta los chinos están produciendo su adaptación.
Por otro lado, hay otros símbolos que no se modifican con el idioma, y son aquellos que sirven para notar las operaciones aritméticas (que indican suma, resta, multiplicación y división, (+, -, ., /). Son los mismos en Brasil que en Bélgica pero también en Noruega, Grecia, Colombia, Irlanda, Panamá y Luxemburgo. Sin embargo, este grado de universalidad lo tenemos tan incorporado que parece totalmente natural. Y quizás lo sea.
También hay algunas palabras o expresiones que son invariantes ante el cambio de idioma: taxi, banana, OK, mamá y papá (ambas con o sin acento), sauna, enigma, TV, radio, whisky, radar, por poner algunos ejemplos, se usan indistintamente en muchísimos países de Occidente.
Pero, además de los números, símbolos aritméticos y algunas palabras que cruzan culturas e historias hay otro grupo de “comunicadores” que no distinguen barreras culturales ni idiomáticas y mucho menos históricas. Me refiero a un lenguaje sin palabras, pero que todo el mundo entiende.
En cualquier país del mundo, la disposición de las luces en los semáforos permanece invariante: rojo, amarillo y verde. Y la disposición geométrica es la misma: rojo arriba, amarillo en el medio y verde abajo. Es curioso que el mundo se hubiera puesto de acuerdo en algo que uno toma como una obviedad, pero en realidad no lo es.
Vayamos por otro lado y le sugiero que piense conmigo: debe haber habido un momento en el que apareció el primer teléfono. Alexander Graham debe haberse preguntado: “¿Cómo hago para que cuando haya una llamada entrante, la persona dueña del teléfono lo pueda advertir?”. Y la respuesta fue la conocida: ¡hacer sonar un timbre! Lo notable de esto es que ese timbre, ese sonido inconfundible, nos acompañó hasta hace muy poco tiempo. Los teléfonos sonaban todos igual, en las películas, en la radio y en cualquier parte del mundo y se transformaron entonces en un sonido reconocible que no necesita de la palabra hablada para comunicar. No hace falta que alguien diga: “El teléfono está sonando, responde”. El sonido típico es el mensajero. Sin embargo, desde hace una década las formas de comunicar comenzaron a variar: ahora el tañido de una campana o de un timbre fue reemplazado por breves segmentos musicales. Más aún: es posible asignar un sonido diferente a cada persona que llama y, eventualmente, una foto o incluso un video. El lenguaje sin palabras en todo su esplendor.
Pero el teléfono provee otros ejemplos: históricamente, al levantar el tubo para “discar” (¿por qué seguimos hablando de discar una llamada cuando los teléfonos no tienen más discos rotativos y todo se hace a través de un teclado?) aparecía un tono. Ese era el indicador de que el teléfono estaba operativo. Esa era otra señal: el teléfono tenía línea, andaba. Hoy, los celulares no tienen tono de discado. Uno aprieta los números que quiere, pulsa otra tecla y listo.
¿Y los contestadores telefónicos? También fueron un avance, pero la luz titilante indicó siempre que había mensajes en espera. Hoy, con los sistemas más modernos, uno puede saber antes de atender quién es el que llama porque el número y/o el nombre aparecen en el display. Pero eso requiere de palabras, en cambio el sonido distinto indica quién marcó del otro lado sin la necesidad de usar el lenguaje clásico. Y además está el llamado en espera que uno advierte por un sonido que se produce en la línea interrumpiendo brevemente su conversación. Otro mensaje que no necesita de palabras.
Otro ejemplo de la vida cotidiana: cuando usted se prepara para tomar un ascensor, se para frente a la puerta y aprieta un botón. Ese botón se ilumina, se enciende. Ese es también otro indicador. El ascensor le está diciendo: “Ya sé que me llamaste. Ahora espera, ya voy”. Y encima, uno observa lucecitas en un tablero superior que indican el piso en el que está el ascensor y, además, si está subiendo o bajando o si está quieto. Lo mismo sucede cuando uno ya está dentro del ascensor y presiona el número al que quiere ir: se enciende una luz que indica que el mensaje fue tomado y comprendido. Más aún: cuando eso no sucede, si la luz no se enciende, eso podría sugerir que el ascensor no entendió. Uno está más preparado a pensar eso, que a suponer que la luz no funciona.
Ahora imagínese frente a su computadora, dispuesto a bajar un archivo que llega a través de Internet. En la pantalla y dependiendo del sistema operativo, aparece un “relojito” cuyas manecillas dan vuelta, o un pequeño “globo” que parece estar girando, o alguna otra variedad. Pero lo interesante es que es un mensaje de la máquina hacia usted, indicándole “no te preocupes, tardo un poco, pero estoy trabajando en lo que me pediste”.
Y, por supuesto, está el caso de los autos. El tablero que el conductor tiene delante de sí encierra un cúmulo de mensajes constantes que no requieren de palabras: una luz amarilla puede marcar que el tanque tiene poca nafta, una luz roja indica que la temperatura está por encima de lo normal, o incluso una luz azul (sí, azul) en el tablero que marca que usted tiene las luces “altas” encendidas. Y ni hablar de velocímetros o tacómetros (medidores de velocidad y revoluciones por minuto que da el motor).
Estos ejemplos parecen triviales (quizá porque lo sean) pero ya forman parte de nuestro paisaje cotidiano: uno solamente los advierte cuando alguno no funciona.
Pero ahora la tecnología está empezando a empujar las fronteras y es bueno empezar a tomar nota. Ha llegado la hora de los sensores. Desde hace varios años los aviones vuelan con piloto automático. Esto indica que sin la necesidad de la participación del hombre segundo por segundo, pueden despegar, volar, hacer modificaciones a la ruta si las condiciones anticipadas cambian e incluso aterrizar sin que el piloto tenga que intervenir, sólo monitorear. Pero la diferencia reside en que la mayoría de los mortales no estamos manejando aviones sino, en todo caso, computadoras, autos, teléfonos, televisores, etc. Y, por lo tanto, hasta que esa tecnología no llegara hasta nosotros, los ciudadanos comunes, sólo estaba reservada para un grupo muy particular y reducido de personas: los pilotos.
Hoy, los sistemas de GPS (Global Position System) están instalados en virtualmente todos los autos nuevos. Y si no, uno puede adquirir los navegadores por separado. Los sensores de nuestra posición permiten –sin palabras– hacer viajes en piloto automático también. Pero hay más: Ford, Leus, Lincoln, Mercury y Toyota, ofrecen ahora la alternativa de que algunos de sus automóviles se estacionen solos, sin la necesidad de la participación de quien lo maneja. Los sensores van monitoreando la zona que usted elige hasta detectar un lugar que cumpla con las condiciones de proximidad necesaria entre los dos potenciales obstáculos (autos) que quedarán adelante y detrás del suyo. El auto se pone paralelo al lugar (como haría usted o yo). Lo único que se espera de usted es que apriete el acelerador y el freno, decidiendo la velocidad de la maniobra, pero usted ya no tiene el control del volante: eso lo hace la computadora. Es decir: el automóvil se “auto estaciona”.
La fábrica Mercedes Benz ya ofrece en el mercado automóviles (como los modelos CLS 63 y CLS 550 entre otros) que tienen el equivalente de una versión precaria de piloto automático. Usted fija la velocidad a la que quiere ir y se pone en un cierto andarivel (digamos en una autopista). El auto tiene sensores que detectan la velocidad de los autos que usted tiene adelante. Si no los hay, o si el espacio que media entre usted y los otros permite mantener la velocidad que usted eligió, el auto llega a esa velocidad crucero y la mantiene, pero lo increíble es que si un auto apareciera en el mismo andarivel que el suyo, entonces los sensores detectan inmediatamente el cambio en las condiciones externas y no solo reducen la velocidad (replicando lo que haría usted si estuviera “al volante”) sino que frenan el auto totalmente si la circunstancia lo requiere. Para todos aquellos que envían mensajes de texto mientras están conduciendo, este dispositivo resulta esencial, porque si uno quita la vista de la ruta, y quien va adelante suyo o bien frena o bien reduce la velocidad inesperadamente, su auto lo detecta y obra en consecuencia.
Sea a través de luces de diferentes colores, fijas o titilantes, fragmentos musicales, vibraciones, fotos, colores, timbres, tonos o números expresados en forma digital, el mundo que nos rodea se comunica con nosotros usando lenguajes que no requieren de palabras. Las máquinas usan sus idiomas particulares para establecer conexiones con los humanos, que de tan rutinarias se hacen transparentes, y entre todos componen una manifestación más de lo que se llama globalización.

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